(Basado en una de las lecciones del Manual de Crecimiento Docente Fase Uno del Programa Cre-Siendo Juntos)
En un contexto educativo cada vez más desafiante, hablar de resultados académicos sin considerar el clima escolar es quedarse corto. Las comunidades educativas no solo se construyen con normas y procesos, sino con vínculos, y en el centro de esos vínculos está una palabra que a veces evitamos en lo profesional, que puede sonar muy romántica o idealista, pero que resulta esencial: amor.
Cuando hablamos de amor en la escuela, no nos referimos a un concepto abstracto o romántico, sino a acciones concretas que transforman la convivencia. El amor se evidencia en acciones concretas y muy prácticas: la paciencia, la bondad, el respeto, la ausencia de orgullo y la capacidad de no actuar desde el enojo. Es, en esencia, una práctica diaria.
El amor también implica intencionalidad. No basta con “hacer bien el trabajo”; se trata de cuánto cuidado, respeto y compromiso ponemos en cada interacción. Como bien lo señaló la Madre Teresa, el amor comienza en lo cotidiano, en lo pequeño, en aquello que muchas veces pasa desapercibido.
En el ámbito escolar, un clima positivo se construye cuando estas prácticas se vuelven cultura. Un docente o directivo que lidera desde el afecto no solo transmite conocimiento, sino que genera confianza, promueve el respeto y fortalece la comunidad. Las comunidades afectivas generan beneficios visibles: los estudiantes y docentes se sienten seguros para aprender de sus errores, se fortalecen las redes de apoyo y se previenen conductas que pueden dañar la convivencia, entre otros. En estos entornos, el crecimiento no es individual, sino colectivo. Sin embargo, construir una comunidad basada en el amor también requiere desaprender prácticas como la queja constante, la desconfianza o el aislamiento, la comunicación conflictiva, y otras, que debilitan los vínculos. Identificarlas es el primer paso para transformarlas; el cambio no ocurre de un día para otro, pero sí comienza con decisiones conscientes.
Crecer en amor implica, entre otras cosas, priorizar el bien común sobre los intereses personales, intervenir cuando alguien está siendo afectado y aprender a perdonar sin guardar rencor. También supone desarrollar la capacidad de ver lo positivo en los demás, incluso en medio de las diferencias.
Para directivos y docentes, este enfoque representa un reto y una oportunidad. No se trata solo de enseñar contenidos, sino de modelar relaciones. Cada palabra, cada decisión y cada interacción tiene el potencial de construir o debilitar la comunidad. La invitación es a evaluar nuestro propio crecimiento: ¿Cómo reaccionamos en situaciones de conflicto?, ¿Qué tan dispuestos estamos a apoyar a otros?, ¿Estamos motivando o desanimando a quienes nos rodean? Estas preguntas no buscan juzgar, sino abrir caminos de mejoraForjar una comunidad afectiva no es una tarea adicional dentro del quehacer educativo; es el fundamento que sostiene todo lo demás. Cuando el amor se convierte en acción, la escuela deja de ser solo un lugar de aprendizaje y se transforma en un espacio donde las personas realmente crecen. Porque al final, educar también es enseñar a convivir, a respetar y a construir juntos.
Liliana Giraldo Bayona
Dir. Cre-Siendo Juntos


